¡Una Iglesia de Discípulos sí, no una Iglesia perfecta!

Cuando Dios me llamo a la Iglesia Presbiteriana a los 18 años, habia sido un activo miembro de la Iglesia parroquial de mi pueblo  por varios años, fui catequista itinerante, colaborador de ordenes religiosas que ayudaban en la visitacion a los enfermos, ademas me preparaba para entrar al seminario. En mis inicios como “protestante” o “evangelico”, no fue facil, comence como es logico, a ver muchas cosas nuevas y diferentes,  estilos y  metodos a los que no sabia si me acostumbraria en  mi nueva Iglesia. Vi lo que eran, para mi, sus defectos y eran mas de uno, pero habia  algo claro para mi, Dios me estaba llamando a la Iglesia Presbiteriana.

Ocurre a menudo, que personas visitan una Iglesia, se sienten bien, le saludan al llegar, algún hermano/a le pregunta su nombre, y luego el pastor o un líder desde púlpito le da la bienvenida, etc., posiblemente pasan allí un poco de tiempo, hasta que un buen día, no regresan. Así van buscando, de Iglesia en Iglesia, la adecuada, en unas hay demasiado ruido, en otras demasiado silencio, demasiado frio o demasiado calor. Siempre tenemos esos buenos hermanos y hermanas, que no se llenan, o se llenan muy pronto. Llevandolo al mundo culinario, que es una muy buena alegoria, son  hermanos/as que nunca pasan del  “entrante o appetizer” nunca llegan al “plato principlal” o “main dish”. Si cuando ni soñaba ser pastor, me hubiera ido de la Iglesia Presbiteriana (que ya era mi segunda Iglesia)  ante los primeros momentos dificiles, sabia que me iria de todas y aun hoy estaria  buscando sin cesar “la Iglesia perfecta”.

El Rev. Mike Laperche, un amigo personal,  en una carta escrita a su Iglesia con motivo a su salida para servir en otro ministerio escribio: “En estos días, muchas familias se conforman con flotar dentro y fuera de las Iglesias, como mariposas espirituales, nunca establecer raíces o establecer relaciones profundas. Las Iglesias no deben ser tratadas como Target y Wal-Mart, donde se puede entrar y salir para ver cual tiene la mejor oferta esta semana. Si usted desea permanecer, permanezca y sea un miembro de activo funcionamiento. Si se quiere ir, espero que encuentre una Iglesia que le ajuste. Pero le ruego que por favor no venga esperando sólo recibir y nunca aportar de su tiempo y recursos”.

Todos sabemos, o deberíamos saber, que la Iglesia es más que un edificio público destinado al culto cristiano, como popularmente se le conoce, sino que es el conjunto de los creyentes en Cristo. Si la Iglesia es el conjunto de los creyentes y los creyentes somos, simplemente, un grupo de personas que reconocemos que somos pecadores imperfectos, ¿por qué entonces es tan importante para nosotros buscar una perfección en la Iglesia, que no encontró ni el mismo Jesús, en los discípulos que llamó en los días de su carne?

Me fascina como el evangelista Juan describe el proceso del llamamiento de los primeros discípulos, en la última parte de su capítulo primero. Si bien en los sinópticos Jesús directamente los “llama”, el evangelio de Juan, sin embargo, pone la responsabilidad en los recién estrenados discípulos. Por ejemplo, los dos primeros en seguir a Jesús, fueron los que le conocieron a través de Juan el Bautista (Juan 1:36). Andrés, hermano de Pedro, era uno ellos, y qué hizo después de conocer a Jesús: Busco a su hermano Pedro y le hablo del Mesías. Luego, el mismo Señor hallo a Felipe, pero fue Felipe el que va a buscar a Natanael de misma forma que hizo Andrés con Pedro, así fueron siendo escogidos los discípulos de Jesús.

Llamados para cosas grandes, pero continuaron siendo hombres comunes.

Cuando realmente analizamos la vida de los primeros discípulos, nos damos cuenta que estamos en presencia de una amplia gama de personalidades, los cuales a través del Evangelio se mueven dramáticamente, desde lo amable a lo aborrecible, del loable acto de fe, al más claro signo de desconfianza en las palabras de su Señor y Maestro.

Al leer el Evangelio descubrimos sus virtudes, pero afloran sus grandes imperfecciones y nos preguntamos ¿Es que no había mejores hombres en Israel? De qué nos ayuda leer sobre un discípulo que niega a su maestro ante el peligro, otro que busca una posición de jerarquía a espaldas de sus amigos, o aquel con antecedentes de enriquecerse negociando con el imperio romano a costa del dolor de su pueblo. Sinceramente si usted busca la Iglesia perfecta, usted no soportaría estar ni por un día en la “Iglesia” de Jesús.

Creo que nosotros tratamos de ignorar esta realidad incomoda, sobre el grupo de los discípulos, nos saltamos sus bajas pasiones para caer en nuestro gran amigo Pablo, que aunque tampoco es perfecto lo “digerimos” mejor, pero de los discípulos qué? ¿Imagínese, usted viajando, comiendo, durmiendo, con los hijos de Zebedeo y los encuentra susurrándole a Jesús por el camino sus egoístas pretensiones?. Piensa por un momento, sentado tu a la mesa para comer con el Hijo de Dios y se te pone al lado, nada más y nada menos, uno que hace solo unas horas era un sin vergüenza cobrador de impuestos. Debe ser difícil para alguien que busca la perfección.

¿Nos hemos preguntado por qué a tales llamó Jesús? ¿Por qué están ellos en el Evangelio? Pues están ahí para si algún cristiano hoy olvida cuál es el origen del discipulado, y no comprenda sus dudas o sus miedos, sus altas y sus bajas o, lo que es más importante, las de los demás. Por muchos años que llevemos perseverando en los caminos del Señor, somos de carne y hueso, salvos únicamente por Gracia. Cuando no entendamos eso que dice que Dios persevera en nosotros, y a pesar de nosotros, solo miremos una y otra vez dentro de ese grupo de solo doce personas y nos daremos cuenta de que como dice el refrán: “estamos todos en el mismo barco”.

Un ser humano “común” y pecador, dispuesto a caminar con Cristo, no es poca cosa, es un discípulo al que Dios ama.

Dios llamo a los primeros y nos ha llamado a nosotros, a pesar de nuestra debilidad, de nuestros fracasos y nos ha puesto en un Cuerpo que es la Iglesia, no solo nos ha “puesto” sino que nos ha dado funciones que realizar. Jesús tuvo a bien ser asistido por seres humanos reales, para realizar esta labor. Personas de la talla de Mateo el cobrador de impuestos, el cual la historia ha situado en el momento de su encuentro con Jesús en una situación desacreditada, despreciada por muchos, el hombre se ocupaba de la recaudación.

El tema aquí, creo además es uno de los temas que los cristianos de hoy en día debemos de tratar de superar, es que seguimos pensando que Dios llama a personas perfectas, o que nos ha llamado por lo buenos que somos, por inteligentes, por nuestro buen gusto o nuestro gran corazón. Sé que lo sabemos pero parece que se nos olvida: La verdad es que no nos llama por nada de esto, sino porque quiere hacer cosas buenas en nosotros, por eso a la justificación que recibimos en Cristo, le sigue un proceso de santificación en que nuestra vida será moldeada y renovada.

Escogiendo el caso de Levi, ya que creo es un ejemplo perfecto de lo que la sociedad judía tenía por “mala persona” por las implicaciones de su oficio, en el futuro vivirá cambios profundos en su vida. En el momento de su encuentro con el Hijo de Dios, es un hombre rico posiblemente pero aislado seguramente, pegado a su mesa, haciendo su trabajo, que era para su pueblo una vergüenza, al que Jesús ve y llama. Ese hombre se convierte luego en Mateo y se sentara en otra mesa acompañado por Jesús, el que hasta entonces se encontraba solo, se ve, gracias a Jesús, en el seno de una comunidad que celebra.

Pero… no todos los testigos de aquella celebración, estaban convencidos de que Mateo era una buena compañía para Jesús. ¿Por qué creían esto? Es debido a que ellos tienen una determinada idea sobre del mundo (como muchos de nosotros de la Iglesia), que Jesús, diametralmente contradice. Jesús siempre se va a concentrar en el futuro de sus discípulos, el realmente está preocupado por el futuro, para sorpresa y admiración de la mayoría de los seres humanos que hoy poblamos la tierra, Cristo no hace nunca uso del pasado de ellos. Para los fariseos, esos que ellos llamaban publicanos y pecadores eran personas débiles espiritualmente, y ellos como “guardianes” de la fe pura, por consiguiente no aprobaban a estos pecadores que Jesús amaba. Así que Jesús manda a la escuela a los doctores de la ley, como diciéndoles, regresen al colegio muchachos y pidan que les devuelvan el dinero: “Id, pues, y aprended lo que significa: Misericordia quiero, y no sacrificio. Porque no he venido a llamar a justos, sino a pecadores, al arrepentimiento”. (Mateo 9:13)

Esto también va para nosotros, recordemos que las “columnas” esenciales que levantan hoy la Iglesia, no son de piedra y concreto, esas sostienen un edifico, las que sostienen la Iglesia son humanas. Columnas de carne y hueso que además tienen grietas, que le recuerdan su debilidad y su necesidad del Señor como piedra angular, grietas que amenazan su rigidez, orificios que pueden ser utilizadas como ventanas para mirar al exterior. Es tan importante que la gente mire hacia dentro de la Iglesia, como que la Iglesia mire hacia afuera. Como saludable es, que aquellos que buscan la Iglesia perfecta, antes de mirar los errores de los demás, siempre se dediquen una miradita hacia dentro de sí mismos.

Decía Pablo a los corintios, “Por eso me complazco en las debilidades, afrentas, necesidades, persecuciones y angustias por la causa de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte”.

En esta Iglesia imperfecta, en medio de este mundo pecador, Cristo está trabajando en nosotros, esta perfeccionando la obra que comenzó. El que no apabullo al soldado romano que le humillo en la cruz, ni le restregó a Pedro su negación, ni a mateo le saco en la cara su pasado, tiene también amor para con nosotros. Creemos que de eso se trata la Iglesia. El profeta Oseas hacia una invitación al pueblo en su época que al parecer no estaba los libros que leían los fariseos en el tiempo de Jesús, el invitaba al pueblo a que prefiriera “el amor más que los sacrificios”. El Evangelio recuerda que Jesús, testigo de Dios, practica antes el amor, que las restricciones legales de Levítico, Números, Deuteronomio, etc… Se deja guiar más por la misericordia que por los reglamentos. La participación de Jesús en la comida de los publicanos y de los pecadores, ¿contradice ciertos principios de la ley?, posiblemente, pero se inspira en un amor Ágape.

Un discípulo se define como un aprendiz, un alumno, alguien que necesita ser enseñado, pero con un intenso deseo de aplicar lo aprendido. Como el ser cristiano, el discipulado no es un evento, es un proceso. Jesús estableció lo que sería el discipulado, con personas como tú y como yo, la Iglesia no es el museo de los santos, sino más bien un taller. La imperfección nos iguala, y nos hace depender de la Gracia de Dios. Como en una barca navegamos todos, igualmente susceptibles a impacto de las olas y al mareo. Necesitamos que ese reparador de almas nos vea, nos llame y nos sane, tal como hizo a Levi, de gente como él, es que está formada la Iglesia.

Dios les continúe bendiciendo!

Rev. Alex Sosa

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