“Y la lengua es un fuego, un mundo de iniquidad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, la cual contamina todo el cuerpo, es encendida por el infierno e inflama el curso de nuestra vida”.
(Santiago 3: 6)

Amados/as, para nuestra reflexión de hoy tomaremos como texto central la Carta de Santiago. La misma comienza con la presentación del autor como “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo”. No menciona nada mas sobre si mismo, ni parentesco alguno con el Señor, simplemente se presenta con un “siervo”. El tema de la Carta tiene que ver con uno muy recurrente en el epistolario del Nuevo Testamento, el de la perseverancia en las pruebas y tentaciones en la vida cristiana. Esta Carta por consiguiente va a mencionar algunas exhortaciones morales a sus lectores. Nuestro texto está enmarcado en una importante, y conocida para nosotros, porción donde habla del peligro de no refrenar la lengua. La epístola fue dirigida a “las doce tribus dispersas en el extranjero” (Santiago 1: 1), Lo cual identifica su audiencia como cristianos judíos que viven fuera de Palestina.

Santiago capítulo tres, es el texto por excelencia que usamos los cristianos para hacer un llamado de atención al uso desmesurado, que hacen otros, de su “palabra hablada”. Cuando digo “que hacen otros” lo digo con toda intención, ya que los seres humanos tenemos un muy activo mecanismo de protección, con el que transferimos este tipo de faltas, siempre a los demás, y nunca a nuestra propia persona, en declaración complaciente de nuestra inocencia en este asunto. Esto es algo que no puede estar más lejos de la realidad, todos en algún momento hemos cometido este pecado, hemos sucumbido a la tentación de dar una opinión que nadie nos ha pedido, emitir un juicio innecesario sobre la vida de otra persona, etc. Asi que no es este un tema “bonito”, o uno  de los preferidos para proclamaciones publicas de la Palabra, ya que su pragmatismo y su lenguaje directo, exento de rodeos, se convierte en verdad incomoda para los mortales.  Aclaramos,  que este es un mal que no tiene genero, hombres y mujeres estamos al mismo nivel.

Si bien es cierto que el asunto es un mal general, es también evidente que existen personas con más tendencia al uso desmedido de este “fuego, mundo de iniquidad”, que otros. En esta humanidad caída, inclinada a la maldad, en enemistad con Dios, y hostil a la santidad y la justicia, hay criaturas en las que la lengua representa su lado “débil”. Para ellos/as, y para todos nosotros, va esta pieza literaria del capítulo 3 de Santiago.

 

“Hermanos míos, no os hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos mayor condenación.

Porque todos ofendemos muchas veces. Si alguno no ofende en palabra, éste es varón perfecto, capaz también de refrenar todo el cuerpo.

He aquí nosotros ponemos freno en la boca de los caballos para que nos obedezcan, y dirigimos así todo su cuerpo.

Mirad también las naves; aunque tan grandes, y llevadas de impetuosos vientos, son gobernadas con un muy pequeño timón por donde el que las gobierna quiere.

Así también la lengua es un miembro pequeño, pero se jacta de grandes cosas. He aquí, !!cuán grande bosque enciende un pequeño fuego!

Y la lengua es un fuego, un mundo de maldad. La lengua está puesta entre nuestros miembros, y contamina todo el cuerpo, e inflama la rueda de la creación, y ella misma es inflamada por el infierno.

Porque toda naturaleza de bestias, y de aves, y de serpientes, y de seres del mar, se doma y ha sido domada por la naturaleza humana;

pero ningún hombre puede domar la lengua, que es un mal que no puede ser refrenado, llena de veneno mortal.

Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.

10 De una misma boca proceden bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así.

11 ¿Acaso alguna fuente echa por una misma abertura agua dulce y amarga?

12 Hermanos míos, ¿puede acaso la higuera producir aceitunas, o la vid higos? Así también ninguna fuente puede dar agua salada y dulce”.

 

Los chismosos existían desde el tiempo de Jesús, y antes también, gente común y hasta profesionales de la religión, eran aquellos que no podían quedarse callados. Recordemos aquello de “Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos” en el Evangelio de Lucas. Jesús, nuestro Señor, quien lo dijo todo, fue muy duro en ocasiones con escribas y fariseos en las palabras les dedico ante el comportamiento engañoso de esta clase religiosa de su época. También notamos este exceso de “curiosidad” colectiva cuando Jesús sana al hombre que había sido ciego “Entonces los vecinos, y los que antes le habían visto que era ciego, decían: ¿No es éste el que se sentaba y mendigaba? Unos decían: Él es; y otros: A él se parece…” ¿Cómo te fueron abiertos los ojos?” y así, podemos encontrar muchos otros ejemplos.

El mundo está lleno de gente así, pero lo que nos debe preocupar más, es esa práctica al interior de la Iglesia de Jesucristo. Hoy también, lamentablemente tenemos esa clase de personas que, aun estando en Cristo, o en una Iglesia, no son “noveleros”, o “curiosos”, son simplemente lo que la Palabra llama chismosos. Ante los tales, se duele el corazón de Dios.
La lengua, como dice nuestro texto en estos versiculos, es algo que puede hacernos mucho daño tanto a nosotros como a los demás. “es un mal que no puede ser refrenado, lleno de veneno mortal”. Para decir después Santiago, entre ustedes “Hermanos míos, esto no debe ser así”.

El hombre, o la mujer,  de Dios,  debe ser una persona de carácter sólido.  Diciendo la verdad  de frente,  sin segundas intenciones y de manera constructiva se gana el respeto y se promueve el testimonio. Por supuesto no se trata de una pseudo sinceridad petulante,  por ahí alguna vez hemos escuchado esta expresión: “si te queda mal te lo digo porque no puedo mentir”. A lo que habria que responder: “Bueno,  es que no me lo puse para que a ti te gustara”.  Se trata, mas bien,  de ser comedido o refrenado.

La persona chismosa a veces es alguien que solo quiere quedar bien con todos, escucha y opina complaciente, lleva y  trae con prontitud. Una persona firme, segura, que es lo que estamos llamados a ser los creyentes, no negocia sus principios, no hace las cosas para obtener una  mayor aprobación de los demás. El cristiano, no se traiciona a sí mismo, diciendo una cosas delante de unos y otra delante de otros, sino que respeta y celebra las diferencias que pueda tener con los demás, sin dejar de ser el mismo.

Hoy cuando la ciencia ha avanzado mucho, podemos sustituir otros órganos, podemos tener una dentadura hermosa, si la natural se desgasta ya tenemos las artificiales, pero siempre tendremos la misma lengua con la que nacimos, hasta ahí no ha podido llegar la ciencia. Cuántas frases sobre la lengua conocemos: “tres cosas hay que no regresan, la flecha lanzada, la oportunidad perdida, la palabra hablada”, o la que decía la abuela “lengua hablada lengua castigada” y por el estilo,  infinidad de dichos.

En el Salmo 64: 3 la lengua es llamada “una espada”. Dice: “que afilan su lengua como espada y lanzan como flechas palabras venenosas”. Esta espada ciertamente ha matado a más gente que todas las espadas en todas las guerras del mundo. Llega alguien a contarnos algo, y cada vez que lo repetimos, se añade algo y algo se le quita hasta que se convierte en algo que no guarda relación con la verdad original. Un chisme a veces comienza con un susurro, para luego, como la bola de nieve, convertirse en algo mayor dejando a alguien con el corazón roto. Ya lo dijo el Eclesiastés 10:14, “El necio multiplica palabras…”

Los cristianos no debemos olvidar que somos responsables de las palabras que hablamos. “Pero Yo les digo que de toda palabra vana que hablen los hombres, darán cuenta de ella en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado.”” (. Mateo 12: 36-37)

David dice: ” Atenderé a mis caminos, para no pecar con mi lengua, guardaré mi boca con freno, en tanto que el impío esté delante de mí.”. (Salmo 39: 1)

Colosenses 4: 6 dice: “Sea vuestra palabra siempre con gracia, sazonada con sal, para que sepáis cómo debéis responder a cada uno…”

 

Salmo 12: 3 dice: “Que el Señor destruirá todos los labios lisonjeros, La lengua que habla grandes cosas.” Estos sin duda son severas advertencias a los creyentes.

 

Como conocen mis hermanos/as de la congregacion, me gusta siempre poner el asunto en primera persona. Asi que, tengo 43 años, con el tiempo uno hace una mirada retrospectiva, y piensa en las grandes cantidades de palabras que uno debe haber dicho en  casi 20 años predicando cada domingo uno o dos sermones. Hablando al menos 100 palabras por minuto, me imagino cuantas palabras he hablado cada media hora. Cuantas cosas han salido de mi por esa puerta, que encierra los pensamientos de mi corazon, mi expresion verbal. Nuestra actitud debe ser la de tratar de erradicar practicas que no edifican sino que enferman a la Iglesia,  sacando el puro evangelio para convertirla en religion vacia, donde la gente acude como a un club, o como el que participa en una accion teatral.  Esto merece, sinceramente, nuestra reflexion.

Sea nuestra oración: “Señor, enséñame a callarme la boca”, si mis palabras no van a ser edificantes ni van a glorificar a Dios.

 

Shalom, Rev. Alex Sosa

Copyright © 2014 First Hispanic Presbyterian Church. All Rights Reserved.