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"Create in me a clean heart, O God, and renew a right spirit within me" (Psalm 51:10)

Mensaje a cargo del Rev. Alexandri Sosa


"Las columnas sobre las que descansa  la Iglesia"

 por Rev. Alexandri Sosa, Pastor de la Primera Iglesia Presbiteriana Hispana de Tampa.

9: 9 Al irse de allí, Jesús vio a un hombre llamado Mateo, que estaba sentado a la mesa de recaudación de impuestos, y le dijo: "Sígueme". Él se levantó y lo siguió.

9:10 Mientras Jesús estaba comiendo en la casa, acudieron muchos publicanos y pecadores, y se sentaron a comer con él y sus discípulos.
9:11 Al ver esto, los fariseos dijeron a los discípulos: "¿Por qué su Maestro come con publicanos y pecadores?"
9:12 Jesús, que había oído, respondió: "No son los sanos los que tienen necesidad del médico, sino los enfermos.
9:13 Vayan y aprendan qué significa: Yo quiero misericordia y no sacrificios. Porque yo no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores".

(Mateo 9,9-13)


Hace unas semanas  en nuestro Estudio Bíblico de los martes en la noche, aplicábamos la antigua parábola de “El Sembrador” o “Los cuatro tipos de terrenos”, a diferentes  personajes bíblicos que interactuaron con Jesús, tratando de descubrir,  según su respuesta al Mensaje,  sobre qué tipo de terreno había caído la Semilla de Palabra de Dios; ya bien  junto al camino; en pedregales; entre espinos; o en buena tierra dando el fruto esperado. Por nuestro debate “desfilaron” un considerable número de personajes del Evangelio, pero entre ellos,  quien mas despertó nuestro interés  fue el grupo de los discípulos de Jesús. Cuando realmente analizamos la vida de estas personas que fueron insertadas en la comunidad de los doce, nos damos cuenta que estamos en presencia de una amplia gama de personalidades, los cuales se mueven a través del Evangelio, sin apenas notarlo, desde altruista acto de fe al más bajo signo de inseguridad y desconfianza en las palabras de su  Maestro;  del gesto amable, a la actitud aborrecible. Pero ahí están, siguiéndole de cerca y a pesar de todo, ostentando esa condición de discípulos de Jesús, sus primeros discípulos, aquellos que él, al comenzar su ministerio, personalmente escogió.

Estudiar un tema como este, más de una vez nos llevo a  una pregunta nada nueva: ¿Por qué escogería Jesús a tales personas? Pues, entre otras cosas,  concluimos, están ahí para si algún cristiano hoy olvida cual es el origen del discipulado, y no comprenda sus dudas o sus miedos, sus altas y bajas; el por qué de su necesidad de apelar a la misericordia de Dios y por qué Dios  es paciente con nosotros. Un creyente en nuestros días, no debe olvidar que por muchos años que lleve en el evangelio, es alguien de carne y hueso, salvo únicamente por la Gracia de Dios en el sacrificio único de Jesús en la Cruz del Calvario. Los discípulos de Jesús necesitaron siempre crecer,  madurar, levantarse, una y otra vez. Cuando no entendamos  eso que dice que Dios persevera en nosotros y a pesar de nosotros, solo  miremos dentro de ese grupo de solo doce personas y nos daremos cuenta  de que cuando decimos  que “seguir a Jesús no es cosa fácil”, no estamos, como dice el dicho, descubriendo el agua fría.

Sin embargo, Dios nos ha llamado a pesar de todo eso, de nuestra debilidad, de nuestros fracasos y contradicciones;  y nos ha puesto en un Cuerpo que es la Iglesia, y nos ha dado funciones en favor de su Reino. A Dios le plugo ser asistido por seres humanos reales para realizar esta labor. Personas de la talla de Mateo el cobrador de impuestos al cual  la historia ha situado en el momento de su encuentro con Jesús en una situación desacreditada, despreciada por muchos: El se ocupa de la recaudación. Dice el texto del evangelio que, “…Jesús vio a un hombre llamado Mateo, sentado a la mesa de recaudación de impuestos”. Este personaje  en el futuro vivirá cambios profundos en su vida, pero en este momento es una persona sola en su mesa haciendo su trabajo, al que Jesús "ve". (Mateo 9,9-13). Este hombre se sentara después en otra mesa pero acompañado, el que hasta entonces se encontraba solo, se ve, gracias a Jesús, en el seno de una comunidad que celebra, compartiendo en común-unión.

Pero… no todos los testigos de aquel acto de inclusión estaban convencidos de que el “nuevo” Mateo era una buena compañía, o al menos una persona reivindicable.  Continúa diciendo el Evangelio  que “Mientras Jesús estaba comiendo en casa de Mateo, muchos recaudadores de impuestos y pecadores llegaron y comieron con él y sus discípulos. Cuando los fariseos vieron esto, les preguntaron a sus discípulos: — ¿Por qué come su maestro con publicanos y con pecadores?”

Nos preguntamos, ¿Por qué pusieron la nota discordante  los Fariseos? ¿Por qué le echaron a perder la fiesta a Mateo que celebraba la oportunidad única de comenzar de nuevo? Pensaban así los fariseos porque ellos tienen una determinada idea del mundo, una idea muy personal de cómo deben funcionar las cosas, lo cual Jesús diametralmente  contradice. Jesús siempre se va a concentrar en el futuro de sus discípulos, el realmente está preocupado por el futuro de la gente y no hace nunca uso del pasado de ellos. Para los fariseos,  esos publicanos y pecadores eran personas débiles espiritualmente, y ellos como “custodios” de la fe pura no aprobaban el sentarse en una misma mesa y compartir la comunión ante Dios con esos “descartables”. Jesús les responde, y les responde bien, el que muchas veces responde con su silencio, ahora habla para dejar sin “habla” a la elite religiosa de la época.

Hay otro detalle aquí: nunca se apure en  responder,  muchas veces podemos sentir que debemos tener siempre la respuesta correcta en cada momento, no tiene por qué ser así, hay muchas cosas que Dios hace y no necesariamente tienen una explicación según nuestra propia lógica. Los discípulos ni siquiera tuvieron que responder al antiguo postulado farisaico, el mismo Jesús les respondió: “No son los sanos los que necesitan médico sino los enfermos”.  –Y dejándolos sin aliento manda a aprender a los que, legalmente, tienen la tarea de enseñar-  “…Pero vayan y aprendan lo que significa: Lo que pido de ustedes es misericordia y no sacrificios.  Porque no he venido a llamar a justos sino a pecadores”. 

Esto  sirve también para la iglesia  hoy, podemos pensar, “esto no es para mí, es para mi vecino, o el que llego nuevo”, pero  recordemos que las “columnas” que levantan hoy la Iglesia de la cual Cristo es la Cabeza, no son  de piedra y concreto, son humanas,  que además tienen grietas que le recuerdan su debilidad, la necesidad de sanar, de ir y aprender;  grietas,  que le dan flexibilidad y le hacen andar con cuidado.  Esas “grietas” que son un signo de imperfección, de labor no concluida, nos dará también un sentimiento de que aun Dios no ha concluido su trabajo en nosotros, de que estamos en medio de un susceptible proceso que comenzó cuando aceptamos a Cristo en nuestra vida y está todavía incompleto. El sentido de imperfección de un cristiano le abre también una ventana a un mundo que debe ganar para Cristo, mientras el sentimiento pureza y perfección le puede, potencialmente, crear una barrera hacia los demás; nos gusta que la gente mire hacia dentro de la Iglesia,  pero necesitamos también que la Iglesia mire hacia afuera.  Decía pablo a los corintios “Por eso me complazco en las debilidades, afrentas, necesidades, persecuciones y angustias por la causa de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte” (II Cor. 12:9-10)

Por supuesto que como un creyente en Jesucristo, estamos llamados a crecer en un camino de Santificación, y madurar en la fe, es decir, si Cristo maduro y creció yo tengo que hacerlo también,  como un discípulo/a, que ha recibido la buena semilla,  tengo que saber que Dios espera que llegue el tiempo en que no solo he de aprender, sino que debo  transmitir eso que he  recibido a  alguien más, llegara el tiempo en que tengo que llevar fruto.

Hebreos 5, 13 dice, “pero el alimento sólido es para los adultos, los cuales por la practica tiene los sentidos ejercitados, para discernir el bien y el mal”. Se supone que un cristiano maduro que ha crecido espiritualmente puede ver la diferencia y elegir hacer siempre lo bueno.  Pero así mismo hay que tener presente que Cristo está trabajando en nosotros, está perfeccionando la obra que comenzó. Y el que no apabullo al soldado romano que le humillo en la cruz, ni le reprochó a Pedro su negación, tiene también amor para con nosotros, sabe que a menudo necesitamos  otra oportunidad. Sobre la fe de individuos de tal imperfección, levanto la  Iglesia.

Es un mensaje poderoso para nosotros, la Iglesia de Jesucristo es el lugar del encuentro, El no nos ha llamado por lo bueno que somos, sino,  por el bien que El vio podía hacer en nosotros y a pesar de nosotros.  El descubrió nuestro potencial, sabe que muchas cosas nos faltan, pero se ha detenido en lo que construye y edifica. Quiere que hagamos lo mismo con los demás.

El profeta Oseas hacia una invitación al pueblo en su época que al parecer no estaba los libros que leían los fariseos en el tiempo de Jesús: invitaba al pueblo a que prefiriera "el amor más que los sacrificios"; esa afirmación en este tiempo se hace más pertinente aun. Mateo capitulo 9  recuerda que Jesús, testigo de Dios, practica antes el amor que  las reglas. La participación de Jesús en la comida de los publicanos y de los pecadores, la inclusión en su comunidad a ciertos personajes que pudiéramos llamar de “nomina común”  contradice ciertos principios de la ley, es cierto, pero se inspira en el Amor.  

¿Qué sentimiento es el que inspira hoy nuestra vida y ministerio Cristiano?

  Su amigo y servidor, Rev. Alexandri Sosa   (6/15/10)




La Resurrección: presagio de un nuevo día

 

 

 

 

 

Hacia la hora del mediodía, las tinieblas cubrieron toda la región hasta las tres de la tarde. Se eclipsó el sol, y el velo del templo se rasgó por medio. Entonces Jesús lanzó un grito y dijo:

–Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Y dicho esto, expiró. El centurión, viendo lo sucedido, alababa a Dios diciendo:

–Verdaderamente este hombre era justo.

Y toda la gente que había acudido al espectáculo, al ver lo sucedido, volvía golpeándose el pecho. Todos los que conocían a Jesús, y también las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban allí presenciando todo esto desde lejos.

Lucas 23, 44-48

 

La muerte de Jesús fue un suceso de tal magnitud que lo acompañaron señales sobrenaturales de significado profundo. El evangelista Lucas, médico e historiador, en su empeño por ofrecer datos precisos, menciona al menos dos: las tinieblas que oscurecieron los cielos, símbolo apropiado de uno de los momentos más tristes de toda la historia humana; y el velo del templo que se rasgó, símbolo de un camino de novedad y vida que conduce a la presencia de Dios, abierto a todos los creyentes. Así pues, estos dos signos corresponden a los aspectos humano y divino de esta muerte expiatoria, e indican la atrocidad del pecado y el propósito de la gracia redentora.

Las últimas palabras que Jesús pronunció en la Cruz fueron de confianza y paz perfectas. Había mostrado su compasión por otros en el trato diario con las personas,  en su actitud ante los mas débiles, en su valor para desenmascarar las hipocresías religiosas de su época..., y, finalmente, Jesús hablo de su total credibilidad en la Cruz, muriendo, asumiendo en sí el sinsentido de todas las injusticias, de todo el pecado y de todo el mal del mundo, para hacerlo fructificar en resurrección y vida. Con su oración, con su promesa al ladrón arrepentido, con la preocupación por su madre; en otras tres expresiones había revelado sus sufrimientos de mente y de cuerpo y el resultado de los mismos, la redención completada: “Dios mío, Dios mío…”, “Sed tengo”, “Consumado es”. Ahora, sumido en un potente grito, entrega su vida en unas palabras de confianza absoluta tomadas del salmista y que sólo Lucas menciona: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue esta la manifestación suprema de la fe… El ministerio terrenal del Hijo de Dios había concluido.

 

El evangelio de Lucas va mas allá y menciona asimismo los efectos que produjo la muerte de Jesús, y las señales que la acompañaron, en el centurión romano, en la muchedumbre judía, y en los discípulos cristianos. El “grupo” mas impactado fue el de los  discípulos, quienes “estaban lejos” contemplando la escena, ¿aturdidos?, ¿confundidos? Para ellos el significado de esa cruz comenzaría a hacerse claro cuando se encontrasen con su Señor resucitado. Muchas veces las palabras de Jesús en los evangelios sobre su identidad parece decirnos, no sabrán quien soy hasta que no vean mi muerte!  Desde entonces y hasta hoy, la cruz no ha dejado de ser un misterio para ninguno de sus seguidores, aunque para todos ha devenido un símbolo de triunfo y esperanza.


Ciertamente la cruz nos despierta miedos y ansiedades. Seguir a Jesús hasta la cruz, tomar su cruz y seguirle se torna dramático cuando deja de ser una figura retórica y se transforma en compromiso; pero también convoca al amor y la confianza, exige una respuesta.


No sabemos lo que el seguimiento pueda traer y  eso nos da temor. Descubrimos que las fuerzas de la muerte, anidan en todos lados, desde los espacios más pequeños hasta los más grandes. Enfrentarlas trae sus consecuencias, no solo para nosotros, sino también para nuestras familias, nuestra profesión, nuestras relaciones sociales. El testimonio es un llamado, pero hacerse discípulo de Jesús y publicarlo, no son actos sin consecuencia, todo lo contrario. La experiencia de la cruz nos lo recuerda cada día.

Pero es también la experiencia de la gloria de Dios, del amor infinito que nos hace dignos, de la cercanía del Padre en los momentos difíciles de desamparo, dolor o proximidad de la muerte. Resuena ahora en mi mente esas palabras de Jesús a Martha en Juan capitulo 11, -¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?


Es una invitación a la confianza. Se puede contar lo de la cruz, se puede hacer mucha teología sobre ella, se la puede tomar como metáfora de muchas cosas, pero solo la experiencia del amor de Dios derramado en ella por el sacrificio de  su hijo Jesucristo le da sentido.

Quien quiera seguir a Jesús sabe cuál es el camino que tiene que tomar. No es posible llegar a la resurrección, a la dicha, sin pasar por la cruz, sin morir, sin entregar la vida.  Jesús llegó a los judíos –muy cerca de la hora de su muerte– con una nueva visión de la vida. Estos últimos veían la gloria como una conquista, como una adquisición de poder, como un derecho a gobernar, a tener cargos importantes que proporcionaran privilegios, mientras que Jesús la veía, a la Gloria,  como una Cruz. Él enseñó a los seres humanos que a la vida sólo se llega por medio de la muerte; que únicamente si entregamos la vida la ganaremos; y que a la grandeza sólo se llega por el servicio.


Jesús en lo alto de la cruz se enfrentó al mal y a la muerte para derrotarlos para siempre. En la mañana de la resurrección abrió la puerta del futuro, enseñándonos que no hay ninguna situación cerrada, que no hay ninguna situación en la cual debamos decir que no hay esperanzas, que el mañana no le pertenece al mal por mucho alcance que este (aun) tenga; que el mañana no le pertenece a la muerte, que el mañana ha sido abierto por Cristo hacia la resurrección, hacia el nuevo día.

 

 “Encomienda a Jehová tu camino y confía en él, y el hará”

(Salmo 37:5)

 

Rev. A. Sosa (Marzo 2010)



 

“Viviendo de cara al futuro”

(Isaías 43, 14-21)
 

   “No os acordéis de las cosas pasadas, ni traigáis a memoria las cosas antiguas”.

Is 43, 18                                                       

                                                                                       

 Nuevamente estamos en enero, iniciando un año, todavía con el sabor de otro que se hizo viejo solo hace unas semanas. Como Iglesia el año  terminado, represento un tiempo precioso de trabajo en la Obra de nuestro Señor, nuestra familia de fe creció y trabajamos para que ese crecimiento también se refleje en conocimiento y compromiso con Dios. Pero,  así mismo,  este año que termino nos dejo momentos tristes, hermanos/as y  seres queridos que partieron con El Señor, pérdidas sensibles, dolores y recuerdos que se apegan a la memoria y permanecen.  En la vida mirar al pasado, como comunidad e individuos, provoca un sabor de definición ambivalente.

 

 

 

 

 El texto de Isaías, nos invita a poner todo en una perspectiva de futuro, radicaliza este sentimiento de tal forma, que nos dice, que del pasado “no se acuerden, no lo traigan a la memoria” y por encima de la tentación del recuerdo anquiloso del ayer, leemos “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a luz; ¿no la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto, y ríos en la soledad”  (Isaías 43:19)

 

Es bueno saber que para el cristiano, cada etapa se debe vivir como un nuevo comienzo, un renacer en la Esperanza, una nueva oportunidad, con la mirada puesta en nuestro Señor, el cual según todos los signos de los tiempos siempre va, no detrás, no al lado, sino delante.

 

El mes de Enero toma su nombre de la mitología romana, del nombre del dios Jano, que paso del latín al castellano derivando en el nombre que hoy conocemos como primer mes de Año.  Jano, representaba una majestuosa figura de doble faz: una que mira hacia el pasado, y otra que apunta hacia el futuro; también era conocido como el protector de las puertas, de las entradas, de los inicios; garante de que las cosas comenzarían y concluirían bien.

 

Enero, por su parte, se nos muestra igualmente con dos caras: una que mira hacia el año transcurrido (pasado) y otra que examina lo que está por venir (futuro). Es esta dualidad la que igualmente parece emerger en los seres humanos, manifestándose como una incertidumbre que a menudo nos impide reconocer el camino a seguir.

 

 Verdaderamente tendríamos que reconocer ese principio evangélico y apostólico de “examinarlo todo y retener lo bueno”, solo así seriamos capaces de poder ver y  extraer siempre lo mejor de las lecciones de la historia, de cómo  el mítico Jano (devenido en Enero) nos ofrece una invaluable enseñanza: no cifrar nuestras esperanzas tan sólo en el pasado, pues nada es totalmente perdurable.

 

Heráclito de Éfeso, el filósofo griego que vivió entre 535 y 484 a.c. Creía firmemente que todo fluye, todo cambia; dejándonos quizás en el fragmento más conocido de su obra, este criterio: “No podemos bañarnos dos veces en el mismo rio”, porque nos guste o no, lo entendamos o no, nada permanece estático.   

 

Ahora bien, que el tiempo pase y que las cosas cambien, es algo de lo cual los seres humanos tenemos que aprender. Primero, es gracias a esa dimensión llamada tiempo, que uno puede olvidar. Y por otro lado, sin esa otra dimensión que llamamos futuro, un problema de hoy  sería  algo con lo que tendriamos que lidiar toda una vida;  las cosas tristes del pasado  estarian ahi por siempre. Quien  vive agobiado por errores pasados es porque  desconoce que tenemos un Dios que también hizo el presente y un futuro en los cuales se puede empezar de nuevo.  Si algo malo viene a nuestra vida la podemos manejar como algo de caracter  temporal, que viene pero que pasara.

 

Dice el libro del profeta Isaías: “He aquí que yo hago cosa nueva” o lo que es igual, he aquí yo traigo nueva oportunidad. He aquí que  habrá un tiempo nuevo, un “kairos” en tu vida, pero eso está condicionado a que no vivas en el pasado,  si vivimos trayendo  a la memoria las cosas de ayer, como podra Dios hacer algo  nuevo hoy  en nuestra vida?

 

Es cierto que siempre será necesario recordar el pasado, con sus penas o sus glorias. Nunca por repetida será menos verídica la frase de que “un pueblo sin pasado es un pueblo sin identidad”.  El futuro no se edifica destruyendo el pasado porque nos pueda parecer vergonzoso, sino asumiendo su parte positiva y desechando con entereza los errores.

 

Pero no es saludable aferrarse al pasado sino proyectarse al futuro. El recuerdo de lo pasado, no es más que la señal de algo nuevo y tierno que está ya germinando. Por eso nosotros –como el Israel de los tiempos de Isaías– no hemos de congelarnos en el ayer, ni permanecer contemplándolo como el ideal supremo, sino esperar siempre el milagro del futuro. El recuerdo es sólo una pauta para comprender el presente y el futuro, pero este futuro será completamente diferente.

 

Ante el poder hostil de las aguas que cierran el paso, Dios les abre camino. Este recuerdo al pueblo de Israel le ha permitido sacar fuerzas para poder enfrentar a los duros ataques en que se ha visto envuelto a lo largo de los siglos. El recuerdo agradecido del primer éxodo hace renacer las esperanzas. 

 

Mis hermanos/as, Dios nos invita a la esperanza, que no se puede alimentar únicamente con la seguridad que da una historia pasada, sino que debe dar un salto hacia lo inesperado. El pueblo escogido no puede permanecer en esta nueva etapa post-exílica recordando con nostalgia los tiempos pasados, quizá mitificados, sino descubriendo el paso de la acción del Señor.

 

Por tanto, la expresión “voy a realizar una cosa nueva, que ya aparece…”.

Se dirige también a nosotros.

 

¿La sabremos descubrir?

 

 Rev. Alexandri Sosa (Enero 2010)